Lección 3. Las competencias emocionales – Tercera Parte

III. La capacidad de pensar y decidir rumbos de acción

Existe el prejuicio de que las emociones impiden pensar bien. Con mucha frecuencia escuchamos expresiones como “no te pongas emocional” o “deja las emociones de lado y piensa claramente”. Esta manera de ver las cosas sugiere que hay una antítesis entre las emociones y el pensamiento. Sugiere que las emociones afectan negativamente el pensamiento. Este tipo de pensamiento es erróneo. Por el contrario, las emociones se relacionan bien con el pensamiento y sirven también para pensar bien. Este es un punto importante, pues unir nuestras competencias emocionales a nuestras competencias de pensamiento aumenta nuestra capacidad de ver, de razonar lógicamente, de emitir juicios, de generar acciones.

Quizá uno de los casos más ilustrativos por lo extremo de la situación, es el de Phineas Gage. Este caso es descrito por A. Damasio en su libro El error de Descartes y que tiene por subtítulo La razón de las emociones. Phineas Gage era un capataz que describe como el “más eficiente y capaz de los empleados” en una empresa de ferrocarriles en 1848 en Nueva Inglaterra, EEUU. Gage sufrió un accidente. Una carga de dinamita le explotó en la cara y una barra de metal le perfora la mejilla izquierda, le traspasa la base del cráneo, atraviesa la zona frontal del cerebro, y le destroza la parte superior del cerebro, para caer unos treinta metros más lejos. Gage no solo sobrevivió al accidente, sino que pudo, a pesar de la enorme herida en el cráneo, hablar, caminar y ser coherente de inmediato. Gage fue dado de alta por su médico el Dr. Harlow, dos meses después del accidente. Harlow preparó informes detallados del caso, en la que relató la sorprendente recuperación física, sus sentidos siguieron funcionando como antes y no presentó ninguna dificultad lingüística. Sin embargo, Harlow informa que se destruyó “el equilibrio entre sus facultades intelectuales y sus inclinaciones animales” (en esa época así se denominaba a las emociones). Después del accidente Gage cambió de carácter y se transformó en un hombre “impredecible, irreverente, manifestaba poca o ninguna deferencia hacia sus semejantes, mostraba una conducta caprichosa y vacilante” al punto que se recomendaba a las damas no acercarse para evitar ser insultadas.

Para sus amigos y parientes, “Gage ya no era Gage”. Antes era un hombre con los “hábitos temperados”, de “considerable fuerza de voluntad”, con “una mente bien equilibrada y se lo consideraba un personaje inteligente y hábil, muy persistente y enérgico en la consecución de sus objetivos”. No consiguió trabajo estable, y cuatro años más tarde logra emplearse como cuidador de caballos y guía de diligencias entre Santiago y Valparaíso. A. Damasio concluye que el accidente, al dañar la amígdala, le afectó sus emociones, produciendo un disociación entre el carácter de Gage, quien dejó de interesarse en las consecuencias de sus acciones, y la cognición y conducta que se mantuvieron incólumes.

 

Las personas que presentan el síndrome ahora conocido como de Phineas Gage, se caracterizan por presentar transformaciones similares a las que Gage tuvo en su personalidad. A pesar de tener resultados normales en las pruebas clásicas de inteligencia, estas personas carecen de profundidad emocional en sus relaciones con los otros, se vuelven insensibles, prepotentes y violentos con facilidad, son incapaces de planificar, y tienen dificultades para poder tomar decisiones, aun las más triviales. Además de mostrar que hay una relación fuerte entre emociones y el uso de las capacidades intelectuales y sociales, las investigaciones del equipo de A. Damasio muestran que las emociones tienen su acento en el cuerpo.

 

Mas allá del síndrome Phineas Gage, la falta de contacto con las emociones propias impiden pensar y tienden a fingir emociones. La ausencia de contacto con las emociones es un bloqueo que obstaculiza el pensar y actuar bien. En la novela El extranjero, A. Camus describe a Meursault, una persona que tiene dificultades de contactarse con sus emociones[2]. “Hoy mi madre ha muerto. O fue ayer, no sé”, es la frase con que comienza el libro. El antihéroe no puede amar, tiene dificultades para relacionarse, no comprende lo que ocurre a su alrededor, asesina a una persona, y termina atribuyendo el asesinato al calor. Cuando no tenemos contacto con nuestros sentimientos y emociones, no podemos percibir las emociones de los otros. Esta falta de contacto es la explicación del comportamiento cruel, que actúa sin remordimiento, simpatía o empatía.

 

Las personas que no pueden entrar en contacto con sus emociones tienen también dificultad para decidir rumbos racionales de acción. Por cierto, esto es una cuestión de grados y es posible apreciar que algunas personas tienen más o menos dificultad que otras para percibir sus emociones. Es importante ponderar estos matices, pues las personas que tienen dificultades para sentir sus emociones, también tienen dificultades para expresarlas. Por ello, si es que estamos atentos al mundo emocional, intuitivamente podemos percibir si una persona está siendo sincera cuando está exhibiendo una sonrisa.

Recordemos que la intensidad de las emociones hace que su percepción sea más fácil o más difícil. Mientras más intensa, más fácil es su percepción, mientras menos intensa, más inconsciente y difícil se vuelve el saber lo que está ocurriendo. Pero todas nos predisponen a hacer lo que hacemos. Por esto es útil desarrollar esta capacidad de percepción de los cambios emocionales que nos ocurren. Es importante que como un primer paso adquiramos la práctica de interrogarnos con frecuencia “¿qué siento?”. Solo así desarrollaremos la capacidad de saber lo que sentimos.

 

Cuando uno ha logrado tener un conocimiento adecuado de lo que está sintiendo, entonces uno puede pasar a la siguiente pregunta: “¿Por qué me siento así?”. Si me siento triste, lo primero es sentir la tristeza, luego ponderar su intensidad, y luego indagar el por qué de la tristeza. Puede ser porque unos amigos queridos se están separando o puede ser porque el proyecto en el cual estoy involucrado no ha sido aprobado. Lo interesante es notar que la emoción no solo nos predispone a una acción, sino que también nos apunta hacia el mundo que nos rodea y en el cual estamos insertos, y en este caso, el mundo que nos afecta. Las emociones no solo son el campo en que nos movemos, además son las guías acerca de lo que está ocurriendo en nuestro mundo.

 

Si uno logra tomar conciencia de sus emociones –que es la competencia principal– uno puede preguntarse “¿qué pienso yo de ello?”. Una manera de potenciar nuestras capacidades es poder ligar nuestras capacidades de raciocinio con lo que estamos sintiendo. Cuando sentimos una emoción algo fuera de lo ordinario esta ligazón es particularmente instructiva y útil. Imaginemos una situación laboral, donde el jefe le solicita a un empleado que realice una acción, la que, sin constituir un delito, bordea lo ilegal. Los sentimientos del empleado pueden ser variados. Supongamos que prevalecen los sentimientos de bienestar por sobre los de malestar. Si le produce bienestar, bien valdría que se pregunte a si mismo “¿qué pienso yo de ello?”. El empleado puede pensar que ello le puede permitir entrar en el espacio de confianza del jefe, lo que eventualmente puede traducirse en un incremento de sus ingresos, independientemente de las implicancias éticas de ello. Luego puede darse cuenta de lo que ha pensado, y sentir si la consideración de las implicancias éticas de ello le produce bienestar o malestar, para luego preguntarse de nuevo: “¿Qué pienso yo de ello?”. La ponderación de este espacio ético produce sensaciones desagradables, tales como sentir vergüenza, rechazo o sentir que emerge en él el sentimiento de agresividad. El sujeto puede entonces volver a preguntarse lo que piensa de ello. Notemos que este momento no habría aparecido si él no hubiera decido observar la emoción en primer lugar, si no hubiera logrado mantenerse y darle tiempo a la observación de manera que ella pueda entregar lo que tiene que entregar, si no hubiera asociado la sensación con el proceso de pensamiento lógico. Es este tipo de proceso de conciencia personal lo que determina los rumbos a seguir de acuerdo a quién uno realmente es originalmente, a su identidad más real.

 

El extranjero de Camus, puede una vez más ilustrar esta situación. Al final del libro, Meursault ha sido condenado por asesinato y se prepara para su muerte. Pero poco antes de su ejecución y después de muchas insistencias, recibe la visita de un cura en su celda. Pero Meursault entra en conflicto con el cura y lo echa de su celda por considerar que tiene tantas certezas que lo encuentra “medio muerto”. Sin embargo, la cólera que le había producido su conversación con el cura le permitió un milagro: le permitió purgar todo el mal de su vida; ahora se sentía conectado consigo mismo, y sintió que si pudiera, podría volver a vivir su vida. En su conexión, ante la noche estrellada y llena de símbolos, sintió que en su vida había sido feliz y que era feliz en este momento.

IV. La capacidad de comprender y analizar las informaciones relacionadas con el mundo emocional

Si uno ha desarrollado la competencia de estar abierto al mundo emocional, verá que ese mundo esta lleno de informaciones preciosas para cada uno. Si estamos abiertos al mundo emocional, veremos que las emociones son señales que nos indican el estado de las cosas que nos afectan. Por ello, decimos que todas las emociones son positivas. Para dar un ejemplo, notemos que muchas personas consideran la rabia como una emoción destructiva, porque muchas veces uno actúa mal al estar impulsados por la rabia. Pero esa actuación es resultado de la incompetencia emocional. No es el efecto de la rabia, el resultado de la incompetencia. Lo que hace la rabia es acumular energía que nos permite enfrentar una situación – adversa – que nos causa la rabia. El problema no es la rabia, la situación adversa es el problema. Lo que hace la rabia es tres cosas: i) nos informa que hay un problema, ii) nos da una indicación acerca de la naturaleza del problema y iii) nos indica caminos a seguir para resolverlo.

Esta competencia implica haber adquirido una capacidad de conocer entre otras cosas, las siguientes:

  1. Las circunstancias que gatillan las emociones en uno mismo y en los otros. Por ejemplo, cuando uno va a un lugar que se frecuentaba durante la infancia. En ese lugar se registraron situaciones que condicionan conductas aún en la etapa adulta. La identificación de las circunstancias que gatillan la emociones, se transforma en un ejercicio de libertad y de desprogramación importante;
  2. Los pensamientos e imágenes que las complementan y sostienen. Ver cuál es el contenido de los pensamientos que sostienen la emoción. ¿Qué es lo que nos dicen? En las emociones que nos hacen sufrir, podremos ver que allí hay dolores que han quedado registrados y que frecuentemente no queremos ver. Hay contenidos de pensamientos que no queremos verlos porque nos producen dolor. Tanto es así que hemos preferido reprimir; y
  3. La historicidad del emocionar. Las emociones se gatillan cuando ocurren ciertos eventos en las situaciones en que nos encontramos. Tienen como contenido el recuerdo de algo que ha ocurrido en el pasado y que tenemos grabados en la mente y en el cuerpo. Cuando nos duela, se trata de un contenido que hemos reprimido y enviado al inconsciente. Pero no por estar en el inconsciente no tienen influencia sobre nosotros. Ya lo dijimos antes, la mayoría de las emociones que nos afectan nos afectan de manera inconsciente, y en consecuencia actuamos movidos por el inconsciente.

 

V. La capacidad de regulación emocional

Las emociones son energía vital. Esto es algo novedoso. De las distintas tradiciones filosóficas y/o religiosas de oriente y occidente, hemos heredado la noción de que las emociones son positivas o negativas. Más aún, en general se las ha visto bajo la óptica de ser dañinas o pecaminosas. Pero nuestra experiencia nos indica que ellas son positivas. Son regalos preciosos para nuestras vidas nutriéndonos. Lo que hagamos nosotros con esta energía vital, depende de nosotros. Depende de nuestras intenciones y de nuestra capacidad de regular. En la cotidianidad, las emociones, en tanto que energía vital, nos pueden llenar de vitalidad y darnos la energía necesaria para iniciar nuevos proyectos que no emprenderíamos si no estuviéramos en un estado de ánimo entusiasta. Pero, si no somos capaces de regularlas, nos pueden jugar algunas malas pasadas. Con frecuencia, influenciados por emociones como la ira, podemos dañar a personas queridas, o eventualmente si las reprimimos en vez de regularlas, podemos enfermarnos psíquica y/o físicamente.

La regulación emocional es algo que hace internamente. Se lo puede hacer a partir del momento en que percibimos una emoción. La regulación emocional es un proceso interno que ocurre en tres momentos:

  1. La toma de conciencia;
  2. El reconocimiento; y
  3. La domesticación de la emoción.

 

Si no tenemos la capacidad de ver lo que nos está ocurriendo internamente cuando estamos habitados por una emoción, nos comportamos de manera problemática. Si no somos capaces de leer la información que nos trae la emoción, nos transformamos en sus esclavos. La regulación emocional es lo que nos evita esta dependencia.

Lo primero es la conciencia emocional. Si uno quiere desarrollar la capacidad de regular sus emociones y utilizarlas de manera positiva, debemos saber qué es lo que se está sintiendo y cuáles son las emociones que están presentes, de lo contrario estas estarán en la inconciencia y no podremos regular nada. Darse cuenta de lo que nos esta pasando. Para ello, debemos llamar a la conciencia y comenzar con la pregunta clave: “¿qué siento?”. Podemos hacer este acto de conciencia varias veces al día y preguntarnos “¿qué siento?” Cuando uno practica formularse esta pregunta con frecuencia, rápidamente notará que la respuesta varía durante el día. A veces en la mañana se siente de una cierta manera, a mediodía de otra o en la noche aun de otra. Notará que cuando está en el trabajo se siente de una cierta manera, cuando come de otra, cuando vuelve a casa de otra. Para poder lograr este tipo de conocimiento, es necesario preguntarse varias veces al día, o por lo menos una vez al día “¿qué siento ahora?

Una facilidad para desarrollar la habilidad de conocer lo que nos ocurre emocionalmente es escribir la respuesta, y registrarla lo más cerca del tiempo en el cual está ocurriendo. Las investigaciones sobre emociones muestran que mientras más lejano en el tiempo es el registro de una emoción, más alta es la probabilidad que ella se vea distorsionada y se vuelva imprecisa. Si nos acostumbramos a practicar el llamado a la conciencia, nos encontraremos que empezamos a tener más capacidad de hacer manifestar la conciencia de lo que nos ocurre, cuando la emoción empieza a ocurrir. Va llegar un momento en el cual la aparición de la energía emocional vendrá simultáneamente acompañada de la energía de conciencia. Mientras más competentes nos volvamos, más capaces seremos de detectar rápidamente no solo las emociones de alta intensidad sino también las emociones sutiles, de baja intensidad y que por falta de percepción perdemos de beneficiarnos de sus regalos pues normalmente pasan desapercibidas.

El segundo momento es poder nombrar y reconocer la emoción cuando aparece. Una vez que hemos entrado en el ritmo de hacernos la pregunta clave, empezamos a estar naturalmente concientes de lo que nos ocurre. Lo que nos ocurre es que estamos sintiendo una emoción. Recordemos que las emociones son energías que nos llegan de nuestro intercambio con el exterior, pero no son nosotros. Por un lado están las emociones y por otro nosotros que las contenemos. Somos distintos de las emociones que estamos sintiendo. Las emociones son como olas de energía que nos ocurren. Al ser distintas de nosotros, podemos observarlas como una entidad diferente que viene y se va. Las podemos observar como formaciones mentales que contienen la vibración en una forma particular, por ejemplo, como alegría o como ira. Si hemos adquirido la capacidad de estar concientes de lo que sentimos, va a ser más fácil detectar a tiempo cuando empieza la ola de la emoción. Si logramos reconocer tempranamente la energía que nos invade, podemos observar su evolución desde el comienzo hasta el fin.

 

A veces las emociones son de alta intensidad, otras veces son de baja intensidad. Las de mayor intensidad a veces nos llegan de improviso y nos poseen. Por ejemplo, lo que con frecuencia nos ocurre con la ira. Cuando estamos poseídos por la energía de la ira, y si logramos activar la energía de conciencia para observar lo que ocurre, podremos darnos cuenta de que nos ocurren dos procesos. Uno ocurre en nuestro cuerpo y otro en nuestra mente. El cuerpo se conmueve, los músculos se tensan y la respiración se vuelve más corta y acelerada. Físicamente quedamos listos para agredir. El otro proceso ocurre en la mente. Esta se llena de pensamientos agresivos acerca de lo que ha gatillado en nosotros la emoción de la ira, y de nuevo, si no logramos regular la energía que nos embarga, quedamos listos para dar el golpe. Ambos procesos, el corporal y el mental nos ocurren simultáneamente. Cuando somos emocionalmente competentes no solo nos damos cuenta de lo que nos está ocurriendo, sino que también reconocemos lo que está ocurriendo. No solo podemos darnos cuenta de que nos invade un sentimiento, sino que podemos nombrarlo y reconocer los pensamientos que lo nutren.

El tercer momento es la domesticación de la emoción. En la domesticación contamos con tres elementos poderosos: la conciencia, el cuerpo y la mente. Para explicar cómo ocurre esto, sigamos con el ejemplo de la ira. De las infinitas funciones de la conciencia, notemos que ella nos permite –si es que así lo queremos– percibir y concentrarnos en lo que percibimos. Este solo hecho nos permite “objetivar” la emoción, es decir verla con los ojos de la mente allí, frente a nosotros y como distinta de nosotros. El objetivarla no le quita su energía de ira. La energía esta allí, pero si la reconocemos y la objetivamos, podemos hacer algo con ella.

En este caso, el solo hecho de estar concientes de que estamos sintiendo ira, que la podamos ver y reconocer como opera en nosotros, y podamos mantener la concentración y focalización en ella, por sí solo comienza a desmantelar el caos de la inconciencia que ocurre con esta emoción en mí. La empieza a calmar y podemos salir del estado caótico que ocurre cuando estamos poseídos por ella. A mayor concentración, a mayor capacidad de mantener la focalización en la emoción objetivada, a la vez que la percibes mejor, sientes mayor libertad y capacidad de actuar sobre la ira. La conciencia entonces la envuelve y la depura de las energías negativas con que cada uno la carga a su manera cuando siente la ira. La conciencia depura a la ira, sin que por ello la energía que sostiene a la ira pierda su fuerza. Lo que ocurre es que la ira esta más calmada.

El segundo instrumento que tenemos es el cuerpo. Thich Nhat Hanh en su libro La Ira nos indica que la respiración calma la ira.

El otro instrumento de domesticación es el pensamiento. Cuando tenemos ira, nos llenamos de pensamientos negativos. Son los pensamientos negativos los que transforman la ira en algo negativo. La ira en sí no es negativa, es lo que ocurre al interior de nuestra mente lo que la transforma.

Aunque las emociones sean de gran intensidad si estamos conscientes de lo que nos pasa las podemos ver venir. Esto no disminuye en nada su intensidad, la ira está todavía allí. Solo cambia el hecho de que al observarla podemos hacer algo con ella.

VI. La capacidad modulación y expresión emocional

La modulación emocional es la expresión de la emoción hacia fuera, expresada en una acción. La modulación es más adecuada en la medida que la persona entra en la madurez emocional, porque la persona emocionalmente madura es capaz de separarse de su actitud reactiva. Es decir es capaz de separar su reacción emocional de aquello que está observando y percibiendo. La modulación es necesaria para poder expresar las emociones equilibradamente, sin inhibirlas y sin desbordarse. Para esto pensamos es necesario:

  1. Estar en contacto consigo mismo, es decir comprender que estamos sintiendo algo, y que esa sensación nos orienta la mirada hacia el evento que ha activado en nosotros una reacción;
  2. Estar abierto hacia el otro. El estar consciente de que el otro tal como nosotros, también siente, permite modular la expresión. La sintonía con la emocionalidad del otro permite actuar coherentemente con ella; y
  3. Asumir la responsabilidad de lo que hacemos con las emociones propias.

Capacidad de expresar las distintas emociones:

  1. Desde lo corporal, permitir que el cuerpo exprese;
  2. En el lenguaje, poder nombrar y expresar verbalmente; y
  3. Con otras formas de expresión: no verbales.

La modulación emocional es una manera de habitar las emociones que permite un bienestar y una tranquilidad que proviene de no actuar compulsivamente y de no proyectar en otros los que sentimos.

Cuando reconocemos nuestras emociones y/o nuestros estados de ánimo y cómo estamos afectados por ello, no significa, necesariamente, dejarse llevar por ellos, desbordarse, perder la compostura, los límites y por tanto ser arrastrados a una experiencia de des–control. Tememos que dejar de ser personas aceptables y dignas y por tanto reprimimos, o censuramos lo que sentimos. Chögyan Trungpa plantea que alternamos entre los extremos de ahogar o desahogar las emociones; o las reprimimos lo que es muy peligroso porque tarde o temprano van a salir a la superficie y estallar o la tendencia opuesta: les damos rienda suelta y nos dejamos llevar completamente por ellas.

Existe otra manera de relacionarnos con nuestras emociones, enraizarnos en nuestra corporalidad y en la conciencia emocional. Podemos observarnos a nosotros mismos, más libres de reacciones compulsivas o proyectivas. No necesitamos controlar/descontrolar, porque hemos desarrollado una confianza incondicional (fundamental o no condicionada) en lo que sentimos y somos, incluso cuando estamos asustados o temerosos.

Esta confianza en los que se siente es la base que da solidez y seguridad natural, en el vínculo consigo mismo y los otros. Esta es la capacidad de estar sostenidos en el cuerpo.

La autoconfianza genera una mayor entrega a lo que sentimos, en conjunto con la vivencia de autorregulación, y de regulación mutua cuando estamos en la relación con otros: no queremos hacernos daño ni a nosotros ni a los demás. No necesitamos castigarnos por lo que sentimos, ni culpar a otros. No necesitamos explicar o dar cuenta de lo que sentimos solo como reacción a algo externo. Podemos reconocer nuestra participación en lo que ocurre, es decir, nuestra responsabilidad por lo que sentimos.

¿Cómo podemos trabajar con nuestras emociones de manera consciente?

Como ya hemos descrito comenzamos habitando el cuerpo en el momento presente. Cuerpo que además lleva las marcas de su historia, su cultura, su familia, su escuela, en fin, toda nuestra historia. Habitar el cuerpo significa estar dispuestos a sentir, a percibir, a poner atención a lo que sucede y a estar presentes, única manera de tomar contacto con nosotros mismos, el otro y la relación.

Nos aproximamos a lo que sentimos, nos acercamos a nuestras emociones, en vez de limitarnos a sentir que son ellas las que vienen a nosotros. Iniciamos una relación con una emoción, partiendo de la base de aceptar la experiencia emocional que se tiene, entonces podemos sentir un soporte o un apoyo que nos permite mantener esa relación, no necesitamos negar lo que sentimos.

Luego nos encontramos con el espacio reflexivo, darle nombre a una emoción, comprenderla, buscarle un significado, un sentido. Este proceso no siempre posible puede tornarse confuso, impreciso y nuevamente encontrarnos con el miedo. El desarrollo de la conciencia emocional permite contener el mundo emocional, con sus ambivalencias, contradicciones y sutilezas.

La modulación emocional ocurre en el espacio intra–subjetivo cuando somos capaces de encontrar un centro, un soporte interior que nos permite sentir integración, darnos cuenta que somos una unidad.

Inter–subjetivamente la modulación emocional se refiere a una serie de aspectos de enorme implicancia en el modo de vincularnos con otros. El desarrollo de la conciencia emocional permite ver más claramente y comprender cómo continuamente emergen en las interacciones, estados de ánimo y emociones que nos afectan y nos impactan.

Cuando hemos desarrollado una relación con nuestras emociones, cuando podemos danzar con ellas y no nos sentimos atacados, asaltados y temerosos, entonces podemos experimentar ecuanimidad.

Todo este proceso de modulación emocional es estar más disponibles, des-congelarnos, miramos honestamente. Esta ingenuidad es la base de la sintonía emocional con los otros, de la resonancia, de la empatía y del reconocimiento.

A partir del reconocimiento del mundo emocional y de cómo éste nos afecta, podemos detectar cuáles son los bloqueos que limitan nuestra expresividad emocional. No se trata de volvernos sentimentalistas, ni sobre involucrados, sino de permitirnos salir de nuestros lugares acartonados, lugares de entrampamiento donde el rol supera y comprime la conexión más directa con lo que sentimos. Esta descompresión es lo que facilita la exploración de nuevas y distintas formas de expresión, modos de expresarnos, de comunicarnos que sean más verdaderos y más conectados a la situación; incorporando también, nuestros bloqueos.

La transformación o el cambio hacia una mayor conciencia emocional pasa por el descubrimiento de que no somos seres tan sólidos, a la vez que tenemos una base de sostenimiento. Esta conciencia de no solidez tiene que ver con el salir de patrones rígidos, tiene que ver con la posibilidad de movimiento y de “juego”. El soltar patrones aprendidos y condicionados, conocer nuestros límites, sentir que las situaciones son trabajables y que podemos ser flexibles, permite tolerar la incertidumbre y sentir que podemos vivenciar las emociones, atravesarlas e ir más allá de ellas.

La mayor conciencia emocional conduce a un aumento de la conciencia vincular, es decir, a ser conscientes que vivimos en un mundo con otros y que nos constituimos con otros.

VII. La capacidad de acoger, contener y sostener al otro

Hasta aquí nos hemos concentrado en las competencias en primera persona, cómo nos afectan a cada uno. Ahora nos volvemos al otro, a las competencias de acoger, contener y sostener al otro en su emoción. Es la empatía.

Acoger a una persona es escucharla con compasión. Para acoger a una persona hay que dejar de lados los juicios que afloran en mi cabeza y concentrarse en un único deseo: acoger a la otra persona y darle la oportunidad de que ella exprese todo lo que ella necesitaba de expresar. Es dejar de lado los impulsos de analizar lo que la otra persona dice para luego demostrarle lo equivocada que ella esta. Si cedío a esos impulsos, dejo entrar la irritación, me enervo y echo a perder mi intención de acoger. La protección contra ello es mantenerse en el único deseo. Mantener la disposición de acoger permite que la otra persona tenga la sensación –real– de que uno esta allí para escucharla, sin juicios ni criticas, en plena aceptación.

Una vez que uno acoge, aparece la etapa de la contención. Contener a alguien no es solamente abrir las puertas para que se establezca la conexión entre las dos personas. Va más allá pues permite acompañar a la persona de manera explícita en los contenidos de su emoción. Acompañarla en la elaboración de lo que le ocurre de manera que finalmente pueda disolver su propio sufrimiento y salir de esa trampa. Para ello uno debe nutrirse de compasión, fortalecerse para llenarse del combustible de la respiración consciente para mantenerse concentrado en el deseo único de aliviar el sufrimiento de la otra persona. Como todo alimento, este alimento es energía. Energía que viene de la felicidad de sentir que uno puede ayudar a otra persona a aliviarse de su sufrimiento.

A veces esto toma tiempo, por ello es necesario también tener la capacidad de sostener la conexión con la otra persona, todo el tiempo que ello sea necesario. Para que ello pueda ocurrir, tengo que primero, desarrollar la capacidad de sostenerme en mi acogida, sostener mi escucha empática, mantener mi conciencia en la respiración, alimentar mi compasión para sostener mi concentración en la gratificación de mi deseo único, el acoger, contener y sostener al otro. Mientras el fuego que perturba a la otra persona esté presente tengo que sostener mi contención hasta que ese fuego se apague. Solo entonces podré soltarla.

VIII. La competencia de escuchar

 

Hemos dejado para el final, la principal de las competencias: la escucha. Esta competencia es la que sostiene a las otras. La escucha es una actitud de receptividad a lo que existe, para descubrir lo que allí hay. El escuchar como actitud receptiva, es lo contrario a una actitud productiva. Cuando se esta en una actitud productiva, uno cree estar escuchando pero en realidad esta buscando verificar lo que ya se sabe. En la actitud receptiva, la escucha es la capacidad de estar atento a lo que pueda aparecer, sin saber qué es lo que puede aparecer. Es en la escucha receptiva que aparece la novedad de la realidad, en la “escucha· productiva, aparece la proyección de lo que uno ya sabe. No es un escucha. Esta distinción es importante, pues mientras mas capacidad de atención tenga, mas profunda será mi escucha y mas profundo sera lo que uno puede aprender. Por ejemplo, si la escucha es superficial, uno puede quedarse con lo primero que aparece. Si uno le pregunta a otra persona, “¿como estás?”, lo mas frecuente es que uno tenga como respuesta un “bien, gracias”. Si uno espera escuchar esto – como en la escucha productiva – uno se satisface con esa respuesta. Pero con frecuencia, ocurre también que esa persona que dice “bien, gracias” esta sufriendo, y en realidad la respuesta sea una forma educada de responder. La escucha mas profunda va mas allá de esa primera respuesta. La escucha profunda ocurre cuando uno puede escucharse a si mismo, escuchando al otro. Escucharse y escuchar.

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