Lección 3. Las competencias emocionales – Segunda Parte

2. Las competencias emocionales relacionadas con la conciencia emocional

Cuando hablamos de competencias emocionales en la educación emocional, a diferencia de las destrezas propias de la inteligencia emocional, hacemos referencia a la capacidad transformadora de la educación emocional que resulta en la aparición o el desarrollo de un conjunto de cualidades en la persona. Mientras que la inteligencia emocional consiste en la adquisición de destrezas con respecto a sus propias emociones y las de los demás, la competencia emocional implica no solo la incorporación de dichas destrezas, sino que incluye además un proceso de transformación en la cual una persona incorpora la conciencia y comprensión emocional. Una persona con competencia emocional presenta características tales como la compasión, la ecuanimidad, el optimismo, la empatía, la perseverancia. Una persona con competencia emocional, es una persona en transformación que incorpora nuevas características en su personalidad.

Antes de formular las competencias emocionales y para tener una mejor comprensión de lo que ellas son veamos lo que es la inconsciencia o la ignorancia emocional.

A. La incompetencia emocional

No es difícil sentir las emociones cuando se expresan con una alta intensidad, en particular las que se han denominado las emociones básicas. Menos fácil es percibirlas cuando están en un momento de baja intensidad y mucho más difícil es acceder a las emociones inconscientes. Muchas de nuestras las emociones son inconscientes. No tenemos conciencia de ellas y sin embargo ellas tienen una influencia fuerte en nosotros, porque también son procesadas por nuestro cerebro y nos predisponen a la acción. El enorme desarrollo de la publicidad, que estimula las emociones inconscientes se ha transformado en el motor de la economía de consumo. En la literatura científica sobre las emociones inconscientes se acepta que ellas tienen un poder mayor que las emociones conscientes sobre lo que hacemos. Es importante notar esto. El hecho de ignorar nuestras emociones no quiere decir que no tengan influencia en nosotros, solo quiere decir que no nos damos cuenta de la influencia que ellas tienen en nuestro actuar.

Para comprender mejor el sentido de las competencias emocionales primero examinaremos con algún detalle, lo que es la carencia de dichas competencias. De este modo, podemos comprender con mayor claridad como el desarrollo emocional es un proceso en que se van logrando ciertas competencias. Sin embargo, notemos que este logro no es definitivo, pues aun si se cuenta con competencias emocionales sofisticadas siempre es necesario mantenerlas mediante un nivel de práctica, tal como los virtuosos de la música o del deporte, pasan horas diariamente practicando su arte.

La incompetencia emocional en relación a sí mismo

Vivir en la inconciencia emocional es estar desconectado de sí mismo. Es no sentir lo que le pasa. Existen varias y diversas maneras de vivir desconectado de la propia experiencia emocional, algunas de ellas son:

  1. Simplemente, no darse cuenta de lo que se siente por falta de contacto consciente con el cuerpo y con el tono afectivo personal. Esto significa, en concreto, por ejemplo:
  • La sensación de “no sentir nada”, vivir la propia emocionalidad desde la frialdad, rigidez o esterotipia;
  • No reconocer la emoción o el estado de ánimo en que se está o tener una conciencia vaga, sentirse mal y no darse cuenta, estar irritable, o pesimista o desanimado, sin asumir responsabilidad por ese estado, sentir que el mundo y la vida son así; y
  • Confundirse en la rotulación de las emociones que se sienten, pensar que se tiene pena cuando se tiene rabia, o que se tiene rabia cuando se tiene pena.

 

Otras de las muchas maneras de ser incompetente respecto de la propia experiencia emocional son:

 

  1. No poder nombrar y/o comunicar las propias emociones, es decir, no saber hablar, con uno mismo o con otros, de la experiencia emocional;
  2. No reconocer qué lo hace a uno estar como está: no saber si es el tiempo, el correteo, algo que hizo el otro, trozos de la propia historia. No reconocer las circunstancias que gatillan las propias emociones. No reconocer el diálogo interno que produce y mantiene la emoción;
  3. No aceptar la propia experiencia emocional. Juzgar que se “debería” sentir y no sentir. Pensar que se debería estar en otra emoción que en la que se está; y
  4. Pensar que no hay forma de salir del estado en que se está: ver las emociones como todopoderosas y atrapantes.

La incompetencia emocional en relación al otro presente

Si vivimos en la inconsciencia emocional personal, si somos incompetentes en el plano emocional, si negamos nuestros sentimientos, negamos lo que los otros puedan sentir. No solo en el espacio “individual” pueden aparecer confusiones en relación a la experiencia emocional. Dado que, como en la escuela, todos vivimos en relaciones y actuamos en un espacio con otros, existe también la posibilidad de que erremos en la comprensión de lo que esos otros sienten, es decir, que caigamos en lo que hemos llamado la incomprensión emocional o en la mala comprensión emocional que es fuente de malentendidos y de sufrimiento. Algunas maneras de entrar en este espacio son:

  1. Falta de contacto que no permite ver las emociones en el otro, no reconocer que al otro “le pasan cosas”;
  2. No entender por qué el otro siente lo que siente, las circunstancias que gatillan sus estados emocionales;
  3. No aceptar la emoción del otro, juzgarla como correcta o incorrecta y no como algo que es;
  4. Pensar que el otro siente lo mismo que uno o que debería sentirlo, no reconocer la otredad;
  5. No reconocer las emociones de la relación;
  6. No poder acoger, contener, sostener al otro en su emoción;
  7. No reconocer el filtro de mi interpretación en mi mirada al otro. No reconocer los anteojos con que se lo mira.

La incompetencia emociona en relación a los ambientes en que cohabitamos

Aun cuando no estemos interactuando directamente con otro presente ante nuestros ojos, estamos constantemente entrando y saliendo de ambientes emocionales compartidos que ejercen influencia en nuestro actuar y en los cuales tampoco nosotros somos inocentes. Es por esto importante aprender a reconocerlos y poder adaptarnos a ellos. Algunas maneras en que se manifiesta la ignorancia emocional en este espacio son:

  1. No reconocer los estados de ánimo y las emociones de los ambientes en los que nos movemos;
  2. No saber sintonizar ni actuar de cuerdo a las circunstancias; y
  3. No saber transformar atmósferas emocionales (por ejemplo, porque no se cree que se pueda o simplemente porque no se perciben con claridad o como algo relevante).

B. Las competencias emocionales

 

A partir de esta descripción general, podemos identificar y caracterizar las siguientes competencias necesarias para conocer y actuar en el mundo emocional:

  1. I. La capacidad de estar abierto al mundo emocional;
  2. II. La capacidad de estar atento: escuchar, percibir, ponderar, nombrar y dar sentido a una o varias emociones;
  3. III. La capacidad ligar emoción y pensamiento;
  4. IV. La capacidad de comprender y analizar las informaciones relacionadas con el mundo emocional;
  5. V. La capacidad de regular la emoción
  6. VI. La capacidad de modular la emoción
  7. VII. La capacidad de acoger, contener y sostener al otro.
  8. VII. La escucha

I. La capacidad de estar abierto al mundo emocional

 

Una actitud básica de valoración de lo emocional, es decir, estar interesado por conocer y apreciar el espacio de lo emocional y en apertura para explorarlo, es la primera competencia. Si una persona no se tiene apertura al mundo emocional, esa persona no será capaz de ver las emociones. Vivirá como si ellas no existieran, y por lo tanto serán parte productiva de su relación con el mundo. No se trata de que esa persona desconozca la existencia del mundo emocional, sino mas bien, se trata de se relaciona mal y de manera inconsciente con ellas. Para esa persona, la emoción es percibida como una “perturbación”, como una contaminación en su relación racional con el mundo. Esa persona pensará que la emoción es un problema en su percepción de la realidad. Pero no comprenderá que la emoción no es el problema, sino que es una indicación, una energía que sirve de indicador, que apunta al problema.

 

Si una persona no esta abierta al mundo emocional, no podrá comprender el lugar (ver unidad 1) que las emociones tienen en nuestras vidas, por lo tanto tendrá una visión deformada y muy restringida de lo que ocurre en la realidad.

 

  1. Podemos desglosar este dominio en:
  2. Reconocer la existencia del mundo emocional
  3. Saber atribuir importancia a lo emocional por el lugar que ello ocupa en nuestra vida;
  4. Comprender el mundo emocional como un puente entre el “adentro” y el “afuera”
  5. Ser sensible al sentimiento propio y el de los otros;
  6. Valorar el bienestar emocional;
  7. Búsqueda de intimidad con otros, estar dispuesto a compartir experiencias emocionales; y
  8. Apertura a dar y recibir afecto

II. La capacidad de estar atento: escuchar, percibir, ponderar, nombrar y dar sentido a una o varias emociones

Es importante explorar nuestra experiencia, aprender a reconocer y aceptar las emociones en lo que son, tanto en nosotros mismos, como en los otros.

Para que ello ocurra, lo primero que debemos hacer es prestar atención. Estar atento es estar abierto a la conciencia. El proceso de establecer contacto con lo que me sucede y cómo me sucede, “el darse cuenta” de lo que me sucede y de cómo me sucede. Poder sintonizar conscientemente con las emociones. Se trata de ver allí las emociones que surgen y que colorean lo que me está ocurriendo. Solo si veo lo que me está ocurriendo puedo desarrollar estrategias de acción que me hagan quedarme o salirme de la situación en la que estoy. Por ejemplo, en el caso de la drogadicción, solo puedo salir de ella si tomo conciencia de las emociones que están a la base de mi adicción. Si puedo ver las emociones que están allí por un tiempo suficientemente sostenido, podré ver las razones que me llevan a la situación en la que estoy. Si no tomo conciencia de las emociones que me conducen a la adicción, no podré salir de ese lugar. Las implicaciones de esto para las distintas formas de educación preventiva son muy vastas, pero sobre esto volveremos más adelante.

Esto implica poder estar y quedarse en la experiencia que uno está teniendo en el momento, estar consciente de ella y hacerse responsable de ese estado como algo propio. Pero ver nuestras emociones no es algo fácil de hacer, por ello se requiere desarrollar la primera competencia de poder estar atento, y esta experiencia no es siempre placentera. Con frecuencia no queremos ver lo que tenemos adentro y nos alejamos. Por ello, al mismo tiempo implica también estar consciente de todo aquello que me aleja de esa experiencia, ver cómo evito experienciar aquello que me sucede. Se necesita la fuerza de la conciencia emocional para iluminar nuestra experiencia, para quedarnos en lo que nos da miedo ver y del que no queremos aprender. Desde esta perspectiva C. Naranjo plantea “que para que se produzca un cambio no se necesita nada más que presencia, estar consciente y responsabilidad”.

La manera de guiar este proceso es que la persona ponga atención a lo que le está ocurriendo para tomar conciencia de su experiencia presente, y a través del lenguaje, formulando la declaración “Ahora me doy cuenta…”, o haciéndose las siguientes preguntas fundamentales: “¿Qué es lo que siento?”, “¿qué estoy haciendo?”, ”¿qué es lo que quiero?”, “¿qué es lo que estoy evitando?” y “¿qué es lo que espero?”. Hacerse estas preguntas un par de veces al día, en particular, ¿qué es lo que siento?, es una experiencia reveladora.

En la exploración de las emociones usamos todas estas áreas de darse cuenta. Las situaciones, hechos, personas, etcétera que nos emocionan de distintas maneras. Las vivencias que nos producen. Y las imágenes, fantasías, recuerdos, pensamientos que nos provocan reacciones emocionales que pueden estar o no en correspondencia con lo que sucede en el presente.

Este último aspecto es fundamental cuando exploramos las emociones que se producen en el contacto con otros. Cuando el contacto con otro se produce en el presente y está limpio de imágenes, juicios, temores, fantasías, deberes ser, etcétera, es un contacto verdadero y profundo. Sin embargo, es mucho más frecuente que el encuentro con el otro o los otros lo tiñamos y distorsionemos con la historia, las expectativas, las emociones que tenemos en ese momento y desde ahí nos alejemos de un contacto que lleve a una intimidad real, en la que sintamos que podemos compartir con el otro lo que somos y nos sucede y que podremos ser acogidos por ese otro desde nuestra verdad.

Al entrar en la emoción y mantenerse en ella, tomando conciencia de cómo se da y/o cómo la evitamos, se produce la aceptación de esta y su posibilidad de transformación. El darse cuenta, el tomar conciencia de algo, cuando es real, es un poderoso movilizador hacia la acción.

Sin embargo, cuando la posibilidad de actuar no está dada, es decir cuando no sabemos cómo hacer aquello que la toma de conciencia nos señala, es necesario desarrollar las habilidades correspondientes. Lo importante es que estas se cimientan sobre la conciencia de lo que ocurre, no son lo primero.

En el apartado que sigue, presentaremos algunas características de lo que llamamos la experiencia emocional consciente, es decir, la forma de vivir las emociones buscando activamente una mejor conexión con lo que nos muestran de nosotros mismos, de los otros y del mundo.

Entrar en contacto con las emociones, es estar presente en el aquí y el ahora con una atención dirigida a percibir la experiencia inmediata. Esta experiencia es por momentos en forma abierta y por otros, focalizada. El objetivo de ella es darse cuenta de:

  1. El propio cuerpo y sus claves emocionales;
  2. El cuerpo del otro, su expresión facial, posturas, gestos, tonos de voz;
  3. La vivencia general de lo emocional;
  4. Las fantasías y bloqueos que nublan o automatizan nuestra mirada y nuestro actuar; y
  5. Las atmósferas emocionales.

 

Este darse cuenta del propio cuerpo y de sus claves emocionales juega un papel central. Para que ocurra la experiencia emocional consciente, tenemos que aprender a estar conscientes de nuestro cuerpo. Ver y aceptar que somos una unidad psicosomática, que lo que nos afecta el cuerpo tiene un correlato en nuestra mente. Esto implica tener la capacidad prestar atención a lo que nos ocurre, de reconocer estados emocionales en el cuerpo. Pero no hacerlo de cualquier manera, sino de manera amable y sensible, sin juicios ni interpretaciones. Se trata de reconocer lo que allí ocurre y sonreírle. Implica también ubicar las zonas de bloqueo. Ver donde no hay movimiento, donde la respiración está restringida, cuáles son los lugares anestesiados, las zonas donde hay congelamiento o las que están en tensión. Si prestamos atención y le encontramos sentido a lo que sentimos, podremos conectarnos con nuestra experiencia corporal.

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