Lección 3. Las competencias emocionales – Primera Parte

En la lección 1 vimos que lo importante en nuestras vidas ocurre por el impulso emocional: la adaptación, los aprendizajes, lo que hacemos, lo que valoramos, nuestra memoria, nuestra salud y….lo que pensamos. Todo ello depende de las emociones. En la lección 2 nos adentramos en la comprensión de cómo funciona nuestro cerebro, el racional y el emocional, y como esto se traduce en que somos seres racionales y seres emocionales.

Ahora estamos en condición de comprender mejor y profundizar en la definición de la Educación Emocional como un proceso de desarrollo de competencias destinadas a percibir el mundo emocional, comprender su funcionamiento y gracial a lo cuál, explorar la emergencia de nuevas características de la personalidad.    El foco de esta unidad son las competencias emocionales.

 

  1. ¿Inteligencia emocional o educación emocional?

 

Cuando P. Salovey y J. D. Mayer acuñaron el término “inteligencia emocional” la definieron como “la habilidad de percibir y hacer uso de la gama de emociones que uno experimenta, de la misma manera que la inteligencia tradicional consiste en la habilidad de usar destrezas verbales y matemáticas”. A partir de la segunda mitad de la década de los noventa, e impulsado por el éxito del libro La inteligencia emocional de D. Goleman, el concepto de inteligencia emocional se popularizó y se aceptó en la cultura pública en todas las latitudes.

 

Hasta hace poco se consideraba que una persona era inteligente cuando demostraba altas habilidades verbales y/o matemáticas. Esta visión de la inteligencia es la que ha prevalecido no solo en la cultura tradicional, sino también ha sido el elemento que guía el pensamiento acerca de la calidad en la educación, y que se traduce en la habilidad de responder a ítems de pruebas. Esta noción tradicional empezó a cambiar con la publicación en 1983 del libro Frames of Mind de H. Gardner.En ese libro él establece el principio de que además de la inteligencia verbal y la matemática hay otras inteligencias que son igualmente importantes. Según H. Gardner, hay siete inteligencias: la inteligencia lógico-matemática, una inteligencia musical, una corporal kinestésica, una lingüística, una espacial, una inteligencia intrapersonal y una inteligencia interpersonal.

 

La inteligencia intrapersonal, es la capacidad de verse hacia adentro de sí mismo. Es la posibilidad que tiene cada uno de ver sus propios sentimientos, de percibir la gama de emociones que le ocurren a uno en un momento dado, y cómo captar de ellas la capacidad de comprender lo que “me” ocurre, y poder a partir de allí, determinar vías de acción.

 

En cuanto a la inteligencia interpersonal, en su libro sobre la teoría y la práctica de las inteligencias múltiples, H. Gardner relata como Anne Sullivan, una niña con poca educación y casi ciega encara la difícil tarea de educar a Hellen Keller, una niña sorda y ciega. Esta tarea que parecía a todas luces ser algo imposible, se transformó en un “milagro” pedagógico que conmovió al mundo de mediados del siglo XX. ¿Cómo fue posible educar a una niña sorda y ciega? La clave de ello fue la intuición (insight) que Anne tuvo de la interioridad de Hellen. Anne se abrió a la capacidad de percibir el mundo emocional de Hellen. La inteligencia interpersonal, se fundamenta en esto: en la capacidad de notar distinciones en la otra persona, notar los deseos, intenciones, motivaciones, estados de ánimo. En un nivel un poco más desarrollado, es posible notar estas distinciones aun cuando estas estén escondidas, pero que se expresan desde el inconsciente y más sutil aún, notarlas aun cuando estén escondidas para las otras personas, perceptibles por movimientos energéticos en la piel. Esto último no es de extrañar, pues con frecuencia una tercera persona con alguna competencia para percibir la emocionalidad en el otro, ya sea en su humor o en su corporalidad, puede darse cuenta más fácilmente lo que le está ocurriendo que la persona misma. Esta es una inteligencia que es necesaria para poder llegar a ser un buen líder político o religioso, o ser un buen profesor, o un buen terapeuta.

 

Las competencias que se desarrollan en la educación emocional tienen sus raíces en esta distinción. Por una parte, se fundamentan en el desarrollo de la conciencia emocional o inteligencia interpersonal. Trabajar consigo mismo, en primera persona singular, es la manera de aprender las distinciones del mundo emocional, es una condición para poder percibirlas en los otros. Si somos incapaces de sentir tristeza o alegría, no podremos sentirnos tristes o alegres con la tristeza o alegría del otro. Si uno no ha podido ver y comprender el mundo emocional de manera experiencial en sí mismo, difícilmente podrá ver y comprender el mundo emocional de los otros.

 

Por otra parte, el desarrollo de la comprensión emocional o la inteligencia interpersonal es lo que permite trabajar eficazmente con otras personas. Así como la conciencia emocional me permite conocerme, comprenderme y actuar conscientemente, la comprensión emocional me permite conocer, comprender, vincularme y actuar positivamente con los otros.

 

Como hemos dicho anteriormente, el primer paso, la unica manera de comprender el mundo emocional, es el conocimiento de su propio mundo emocional. El conocimiento de las emociones es un trabajo que se realiza en primera persona. Si hay un dominio del conocimiento donde es particularmente evidente que para comprender algo, este debe ser vivenciado y explorado en primera persona, ese dominio es el de las emociones. En la educación emocional, el maestro es uno mismo. La palabra educación, en su sentido original de e-ducare (sacar hacia fuera), logra su expresión más clara en la educación emocional, donde cada alumno debe buscar en sí mismo el contenido real de la enseñanza. Los profesores son solo guías que dan mapas, crean las condiciones y dan orientaciones para facilitar el aprendizaje, pero el trabajo de comprender esto es un trabajo personal de cada uno, niño o adulto.

 

El aprendizaje de las emociones propias de cada uno es un viaje de descubrimiento de sí mismo. Este ocurre por la observación de cómo se desenvuelven las expresiones de sí mismo en su cuerpo. Hay una gran distancia entre pensar y reflexionar sobre mí mismo, (el proceso cognitivo productivo) y estar consciente de lo que me está ocurriendo ( un proceso emocional receptivo). La reflexión intelectual acerca de las emociones es algo que afecta nuestro cerebro cognitivo, pero la experiencia afecta nuestro cerebro emocional. La reflexión nos puede llevar a iniciar búsquedas acerca de nosotros, acerca de nuestras emociones, nuestros sentimientos y formas de actuar. Pero no nos lleva al descubrimiento ni a la comprensión. En parte esto se debe a que trabajamos con información del pasado y no del presente. Trabajamos con nuestros recuerdos y nuestras memorias son selectivas: dejan de lado aspectos desagradables, nos olvidamos de los detalles y los hechos se reconstruyen de manera sesgada. Lo que me está ocurriendo, me está ocurriendo en el tiempo presente con toda su complejidad.

El conocimiento de las emociones es crucial para vivir, porque es un puente entre nuestra realidad interior y la realidad externa que nos rodea y habitamos. Es un puente que presenta riesgos como son los puentes de cimbra para pasar los ríos en los acantilados, puesto como lo mencionáramos antes, implica investigar aquello que está en nuestro inconsciente. En el conocimiento emocional hay un riesgo. Es el riesgo del descubrimiento de sí mismo. Lo que se aprende allí es algo nuevo e íntimo.

 

En la educación emocional estamos lejos del ámbito del conocimiento estructurado y ordenado del deber ser conceptual. Como lo mencionáramos antes, la educación emocional, a diferencia del enfoque de inteligencia emocional, no es solo un camino de adquisición de destrezas, sino que es una educación de integración donde el maestro y el aprendiz son los mismos. En la educación emocional, sabemos donde estamos cuando empezamos, pero no sabemos a dónde nos llevará este sendero. Cuando entramos en la senda de este aprendizaje, sabemos donde estamos al inicio, pero no sabemos donde lleva este sendero porque el fin del camino está dentro de nosotros, y al final tendremos otras características personales. Se habrán abierto en nosotros características como efecto de apertura desde “adentro” y no como un proceso normativo desde “afuera”.

 

Otro aspecto es la disposición de apertura. Se trata de la necesidad de estar abierto a la experiencia, y la base de ello es el deseo de que ello sea así. Se trata de estar dispuesto a mirar los obstáculos que impiden que nos veamos. Entre los docentes encontramos que a pesar de la buena voluntad, muchos llevan en sí una cantidad importante de prejuicios y estereotipos. Por ejemplo, si un docente piensa la pobreza en la que viven sus alumnos se debe a la flojera de las personas, difícilmente podrá desarrollar en su práctica una apertura a la realidad del alumno. Los prejuicios y estereotipos, impiden ver. Ellos tergiversan y hacen imposible que ese profesor pueda desarrollar una comprensión emocional. La actitud de apertura es indispensable para poder ver el origen, frecuentemente inconsciente, de los prejuicios que le impiden ver con más claridad la realidad de sus alumnos.

La apertura al riesgo es una condición importante. La calidad de experiencia emocional depende de esa apertura al riesgo. Apertura al riesgo quiere decir apertura a descubrir en nosotros, y por lo tanto en el mundo, nuevas dimensiones de nosotros y del mundo. A veces este descubrimiento es agradable, en otras ocasiones no lo es tanto, pues con frecuencia hemos escondido bajo muchas capas las cosas que no nos agrada de nosotros mismos, o que nos has dicho que no son agradables de nosotros mismos.

El tercer aspecto es el sentir. El sentir es una piedra angular y crucial. El sentir no es un acto intelectual, sino una experiencia emocional. Lo que sentimos, lo sentimos en nuestro cuerpo sensible porque es allí donde encontramos el soporte interno de las emociones. Al sentir nuestro cuerpo, sentir y conocer se fusionan en un mismo acto. Sentir y conocer se fusionan enactivamente. Las emociones ocurren en el cuerpo en un espacio pre–consciente. Por ello hay que tomar conciencia de ellas. En el campo emocional, lo pre–consciente y lo corporal están íntimamente asociados.

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