Lección 2. Somos seres emocionales y seres racionales – Segunda Parte

2. El ser racional

Si estuviéramos a principios del siglo XX pensaríamos que la razón es el motor del desarrollo humano. Pensaríamos que esa facultad es la fuerza que nos va a llevar al progreso, a la paz y a la felicidad. En esa época, esta idea estaba sólidamente incorporada en la cultura de la época, pues estaba basada en el modelo de hombre racional que se venía construyendo desde el Renacimiento. Esta idea adquirió mayor potencia con el pensamiento de R. Descartes y terminó por transformarse en la emergencia inevitable de la modernidad.
La idea que se estaba gestando era la de que por medio de la serie revoluciones secularizantes de las sociedades europeas (la Revolución Francesa, las revoluciones burguesas en Francia y Alemania, la Comuna de París), de los siglos XVIII y XIX, el ser humano quedaría –por fin– libre de las trabas que les imponían las estructuras feudales y medievales. Ahora podría estar para siempre tomando sus decisiones en libertad. Más allá del cambio de las estructuras políticas, ¿en qué consistía esta nueva libertad adquirida? El contenido de ella fue que la racionalidad se transformó en la luz de la libertad, en oposición al oscurantismo, que era la fuente del sometimiento que había prevalecido antes. Por ello, el período se llamó a sí mismo como el período “de las luces” o de la “ilustración”. El ser humano ahora era libre, ahora estaría libre de las trabas de su posición social, su raza, o su cultura tradicional.

Era libre porque en la base de sus decisiones estaba ahora el orden racional y no el orden político. El orden racional sería el que establecería el criterio normativo que guiaría sus decisiones y su acción. En definitiva sería ahora un hombre moderno. Era al fin un ser completamente racional. La hipótesis que guió el pensamiento de principios de siglo, fue el supuesto de que los seres humanos nos comportamos de manera racional. Es sobre esta idea que se estructuraron y siguen estructurándose los sistemas educativos modernos. Estos han tenido como orientación y tarea principal, el perpetuar este concepto del ser humano.

Hace cien años, el orden racional, era percibido como la fuente y origen del valor. Era en función de este valor, que ese ser establecía las prioridades y preferencias que guiaban sus decisiones y su comportamiento. El comportamiento racional ha sido tradicionalmente percibido como la coherencia interna de las decisiones que toma una persona en función de la maximización de su interés personal . Había un principio que animaba esa nueva capacidad de decidir. Ese principio era el principio del resultado del análisis costo/ beneficio. Este principio postula que ante cada situación ante la cual una persona tiene que tomar una decisión, se pone en la balanza por un lado el costo que ello implica y por otro el beneficio que ello trae. Si el beneficio es mayor, entonces se toma la decisión de actuar en el sentido que emerge en la situación. Si el costo es mayor, entonces no se actúa en el sentido que le ofrece la situación.

Sin embargo, se ha visto que este ser racional, no es tan libre como él cree. Si es que quiere seguir el modelo racional, está obligado a seguir la regla del costo/ beneficio. Un primer efecto de esta regla es que a este ser le ocurre que no puede tener deseos y creencias que sean contradictorias con ese principio. Ello le crearía una disonancia cognitiva que lo llevaría a la enfermedad, como lo evidencia el impacto de las tensiones hoy en día. La libertad, como se ve en el modelo racional, aparece como un espejismo. Si es que quiere ser coherente consigo mismo, lo primero que debe hacer esa persona es someterse al imperio de la regla del costo/beneficio.

La regla del costo/beneficio tiene también otro efecto sobre el ser humano. Si esta regla es la que constituye el valor, la norma que surge de ese valor esta determinada por esa regla; y la regla, no es otra cosa que el beneficio personal. La normatividad de la decisión basada en el costo/beneficio personal, es en fin de cuentas el interés personal. Visto de esta manera, el ser racional es un ser egoísta, auto referido, que se encuentra implacablemente guiado por su interés personal. En el modelo racionalista está la idea de que la acción humana esta motivada por fines estrictamente egoístas y sometida al control de la regla del costo/beneficio.
Si a principio de siglo pasado se pensaba que el modelo racional era la fuente de libertad, de progreso y de felicidad, cien años después podemos ver lo que se proponía era el establecimiento de un modelo de ser humano en el cual se encontraba la imagen de un ser normativo, calculador, egoísta, luchando por mantener el control en defensa de sus intereses y sometido al principio del costo/beneficio.

Algo cambió. Las condiciones para que emergieran nuevos conceptos cambiaron. Los acontecimientos, en particular la primera y la segunda guerra mundial, y la investigación durante el siglo veinte terminaron por mostrar que ese modelo racionalista del ser humano era insuficiente y limitado para explicar las conductas de las personas. Amartya Sen ha señalado que en la definición clásica del ser racional (“la coherencia interna de las decisiones que toma una persona en función de la maximización de su interés personal”), no es una explicación valida para explicar la conducta de las personas, pues en fin de cuentas, sus decisiones dependen principalmente de elementos tales como sus gustos personales, de sus valores o de sus motivaciones. Las decisiones al parecer no tienen su fundamento en lo que se ha denominado el ser racional.

Por otra parte, pensar que el egoísmo universal es lo que mueve las acciones de los humanos es una abstracción peligrosa y un tanto absurda. Es cierto que muchas personas se obstinan a perseguir y defender sus intereses personales. Pero también es cierto que son muchas las personas que se obstinan en perseguir y defender desinteresadamente los intereses de otras personas y del colectivo. Basta con ver lo que ocurre en la vida cotidiana para encontrar evidencias de las limitaciones del modelo racionalista. Todos lo días vemos ejemplos de generosidad, de gente que gratuitamente ayuda a otras. Si nos ponemos en un nivel mas íntimo, es posible apreciar que la actitud de las madres para con sus hijos es de un orden distinto que el del orden racional. Lo mismo ocurre en los actos de fraternidad, altruismo o filantropía. En niveles de mayor agregación, como son la vida de los grupos y de la sociedad, vemos emerger pequeñas instituciones y programas orientados a satisfacer las necesidades de los otros. Un ejemplo de ellos son los movimientos ecologistas, o de organizaciones de voluntariado y de servicio sin fines de lucro. Por último, a nivel mas macro, baste con ver lo que ha significado el impacto del Internet y la tercera revolución tecnológica que ha puesto en evidencia que el ser humano se sostiene y opera hoy en redes comunicacionales; o lo que ocurre con la creciente globalización del planeta, que pone en evidencia la interdependencia en la cual vivimos.

Las nociones contemporáneas de “funcionar en redes” o el “sentimiento de interdependencia”, son formas de actuar que nos orientan hacia las otras personas. Estos tipos de acción, orientados hacia las otras personas, hacia el “otro”, son conductas que el modelo racionalista no puede explicar satisfactoriamente. El modelo racionalista es demasiado limitado como para explicar estas formas de actuar de los humanos. Aparentemente hay otras fuerzas, además de las del costo/beneficio y el interés personal, que también nos impulsan a la acción. El modelo racional, como tal, puede explicar la conducta humana en algunas personas y en algunas ocasiones pero no del conjunto de las personas ni en el conjunto de las ocasiones. Por ello no puede confundirse más con la identidad y el comportamiento real de las personas.
Este cambio en la manera de concebirnos a nosotros mismos tiene una base científica impresionante. Se la encuentra tanto en el pensamiento económico y en la reflexión filosófica como en la investigación científica. Durante la segunda mitad del siglo XX los descubrimientos de las ciencias cognitivas, en la neurobiológica, en la economía, en la educación, y en psicología, cuestionaron la imagen racionalista que nos habíamos formado de nosotros mismos . Lo nuevo ha sido que entramos en una época en la cual comenzamos a darnos cuenta de que las emociones tienen un lugar cada vez más preponderante en lo que ocurre con nuestras vidas. La idea de que la racionalidad era la única fuerza capaz de guiar las acciones humanas fue reemplazada por otra más amplia y más compleja.

Habíamos empezado el siglo XX con una cierta idea de lo que era el ser humano. Ya a fines de siglo esa idea había cambiado. Durante el transcurso del siglo, el modelo racionalista dominante apareció muy restrictivo para explicar no solo la conducta humana, sino que, sobre todo, muy restrictivo con respecto a sus posibilidades. Ese modelo perdió el monopolio que ejercía sobre la imaginería humana. Se abrió así la posibilidad de considerarnos como algo más que solamente seres racionales. Ahora nos reconocemos como seres racionales y emocionales. En el periodo de un siglo emergió el ser emocional.

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